Festival Mutante: una juntada de artistas que hizo del C Art Media un espacio en movimiento.

Hay festivales que se sienten como una sucesión de recitales y hay otros que funcionan como algo más amplio. Festival Mutante pertenece a la segunda categoría. Desde que se entra al Complejo Art Media, la sensación es menos la de asistir simplemente a una fecha de música y más la de entrar a una gran juntada de artistas: puestos de gráficas, diseñadores, instalaciones y distintas propuestas visuales conviven alrededor del escenario sin interferir con el espacio destinado a las bandas. 


La música ocupa el centro, pero no está sola. Tampoco el público parece estarlo. Entre quienes llegan para bailar, escuchar música, mirar una instalación o recorrer los puestos, aparece una misma sensibilidad: una audiencia que parece moverse naturalmente entre distintas expresiones artísticas. Y cuando una banda termina, el festival no se detiene. Los sets de DJ toman el relevo y mantienen el movimiento hasta la próxima presentación. No hay demasiado lugar para el vacío: siempre está pasando algo.

La primera parada del recorrido es Sunlid. Guitarras enérgicas, melodías etéreas y una
nostalgia que nunca termina de ser tristeza construyen un clima casi mágico, pero también de renacer. El recorrido pasa por “Invisible”, “Solo un momento”, “Respirar” y “Será de mí”, hasta llegar a “Nunca quise”, el cover de Intoxicados que Sunlid lleva completamente a su propio
universo. Más adelante aparecen canciones nuevas, adelantos de un disco que llegará el
año próximo. Las voces se cruzan y los coros completan una escena más cercana, antes de que llegue el último tema y el anuncio de que volverán a encontrarse en Primavera Sound. La respuesta del público lo confirma: “olé, olé, olé, Sunlid”.

Con Nina Suárez, la atmósfera cambia. La guitarra toma el control y la distorsión aparece
desde el comienzo. El sonido se vuelve más crudo, cercano al rock alternativo y al garage, y el cuerpo del público empieza a responder de otra manera: cabezas que se mueven, gente que salta y otros que simplemente se dejan llevar por la música. En “Roto por dentro”, un solo de guitarra funciona como uno de los puntos de quiebre. Nina salta, baila, se tira y se deja llevar durante los solos para después volver a ocupar el centro del escenario. Hacia las últimas canciones, las palmas siguen el ritmo y aparecen los primeros pogos.

Si Nina abre todavía más la puerta hacia el rock, Lucy Patané directamente la tira abajo. Su presentación comienza como un ritual. Hay una atmósfera psicodélica, casi hechicera. La potencia de Lucy convive con algo seductor y lúdico. Invita a Meli, su saxofonista, y el escenario gana todavía más intensidad.

Con Mujer Cebra, el pogo deja de ser una posibilidad para convertirse directamente en el centro de la escena. El trío porteño arranca con “Tiempos violentos” y atraviesa canciones como “Fantasma”, “De películas” y “El $ de esto”, con guitarras potentes, un bajo que se siente con fuerza y una energía que recupera las vibras del garage y del rock alternativo, pero con una impronta marcadamente dosmilera. Para el tercer tema, la gente de adelante ya canta, corea y poguea. El público parece haber ido especialmente a encontrarse con ellos. “No esperes nada”, el single que abrió una nueva etapa para la banda, aparece en el medio del recorrido, antes de que el set siga creciendo hasta “Invisible”.

La escena se vuelve cada vez más caótica y divertida. En medio del pogo, alguien es levantado por el público y surfea hasta la valla. Llega, se para y agita desde adelante antes de volver a ser devuelto al pogo. Durante unos segundos, no hay demasiada diferencia entre escenario y público: todo forma parte del mismo movimiento.

Después de esa explosión, Mi Amigo Invencible propone otra manera de construir comunidad. La banda recorre su universo de indie rock, psicodelia y sensibilidad pop a través de canciones como “Impecable”, “Desayuno”, “Pantera” y “Fósil”. Aparecen “Máquina del tiempo” y “Llamada perdida”, además de una versión acústica de “La araña”, que baja momentáneamente la intensidad antes del cierre con “Acto de fe”. Pero es justamente ahí, al final, cuando el escenario vuelve a romper sus límites. El cantante baja. Primero canta desde la valla, cada vez más cerca de quienes están adelante. Después se tira al público y empieza a surfear sobre las cabezas durante unos instantes. La idea de una celebración colectiva deja de ser una descripción y se convierte en una escena concreta.

Para entonces, el Complejo Art Media está cada vez más lleno. Y si había una artista capaz de llevar esa sensación hasta otro punto, era Barbi Recanati.

Hay algo setentoso en su estética y en su manera de habitar el escenario, pero también una energía de rock que atraviesa todo el show. Su recorrido pasa por “El sur”, “Submundo”, “Los demás”, “Lo que queda” y “No me alcanza”, mientras entre canción y canción aparecen comentarios, ironías y una mirada política que nunca queda demasiado lejos. “Esta canción es para bailar triste”, dice antes de uno de los temas, y la frase parece funcionar como una síntesis de buena parte de su propuesta: rock para bailar incluso cuando la canción habla desde otro lugar. En medio del show, deja también un mensaje menos festivo pero igualmente directo: está bien estar triste, pero hay que buscar ayuda en los amigos y no pasarse de rosca, porque las cosas pueden y van a cambiar.

El cierre termina de reunir varios de los mundos que atravesaron el festival. Barbi pide que suba al escenario “alguien que toque la guitarra, lesbiana, hot”. La respuesta es Lucy Patané. Las dos comparten el último tema y, de alguna manera, condensan en ese momento buena parte de lo que fue Festival Mutante: distintas formas del rock, artistas que circulan entre disciplinas, humor, identidad, sensibilidad y una comunidad de público que acompaña todo desde el otro lado del escenario.

Quizás ahí aparezca la mejor definición posible de Festival Mutante. No solamente en la cantidad de bandas, ni en la feria, ni en las instalaciones, ni en los DJ que mantienen la música sonando entre presentación y presentación. Está en la manera en que todo eso puede convivir sin sentirse separado. Una guitarra puede sonar como un hechizo y terminar en un solo de rock. Una instalación puede convivir con un pogo. Un cantante puede abandonar el escenario para terminar sobre el público. Una artista puede hablar de tristeza y, al mismo tiempo, pedir que todos bailen. Y
entre una cosa y otra, la gente sigue moviéndose.

Festival Mutante hace honor a su nombre justamente por eso: porque cambia de forma todo el tiempo. Pero hay algo que permanece durante toda la noche: la sensación de estar en un lugar donde la música, las imágenes y las personas no están ahí para observarse desde lejos, sino para encontrarse.

 

← Volver

Gracias por tu respuesta. ✨