Los cuerpos se mueven. Las voces se encuentran. Alguien salta. Otro canta a los gritos. De pronto, alrededor de una canción, un montón de desconocidos comparten una misma felicidad. El sábado 24 de octubre, en Niceto Club, Mustafunk hizo de esa sensación el pulso de una noche en la que la energía no bajó en ningún momento y la alegría era colectiva. La banda del oeste bonaerense abrió la jornada acompañando a O’Funk’illo, banda de Sevilla que se presentaba por primera vez en el país.
Entre pogos, coros y un público que no dejó de agitar, Mustafunk recorrió distintas etapas de su discografía a lo largo de trece canciones. El repertorio pasó por temas como Mr. Lewis, Ciudad, Ópera, Yogurt, Laboro y Mi Hendrix, en un recorrido que también recuperó canciones que hacía tiempo no formaban parte de sus presentaciones. Entre los momentos destacados de la noche estuvieron Mafia y Pulsión, dos canciones que sobresalieron dentro de una lista atravesada por la intensidad y el movimiento constante.
Una canción cambia cuando vuelve a encontrarse con quienes la escuchan. Hay temas que quedan asociados a una época, a una noche, a una persona o a una versión de nosotros mismos que ya no existe exactamente igual. Volver a escucharlos en vivo es, de alguna manera, volver a pasar por ahí. Cuando una banda recupera canciones que hacía tiempo no aparecen en su repertorio, también habilita ese viaje compartido: el de quienes las recuerdan, las esperan y celebran volver a tenerlas enfrente.
Formada en Paso del Rey a fines de 2008, Mustafunk construyó su identidad con el encuentro entre el rock, el funk y el jazz. Después de Salpica, su primer disco de larga duración, que reunió canciones trabajadas durante los primeros años del grupo, siguió profundizando esa búsqueda. Tras una pausa durante la pandemia, la banda regresó a los escenarios y presentó El jardín de los siguientes, un nuevo capítulo en una historia que lleva más de una década. En ese tiempo, el vivo se convirtió en una parte central de la identidad de Mustafunk, desde la potencia instrumental y el groove hasta la posibilidad de combinar la escucha atenta con el pogo y la fiesta.
Pero el sábado, más allá de cualquier etiqueta musical o repaso histórico, lo que se daba era algo mucho más inmediato: el disfrute.

Foto: Estudio Mal Carácter
Arriba del escenario se percibía una fuerte conexión entre los músicos y una alegría genuina por estar ahí. No se trataba solo de tocar con fuerza ni de seguir un repertorio que hiciera saltar a la gente. Había una forma de habitar el escenario que transmitía entusiasmo. Esa energía se expandía hacia el público y se multiplicaba en cada canto, cada salto y cada pogo. La banda parecía disfrutar tanto como quienes estaban abajo. Esa correspondencia convertía el recital en algo más que una sucesión de canciones.
Quizás lo más conmovedor de la noche haya sido mirar a la gente.
Ver personas genuinamente felices de volver a encontrarse con la banda, de compartir ese espacio, de saberse parte de algo que existe más allá de cada uno. A veces, esa felicidad está en saberse una letra entera, en cruzar una mirada con alguien que canta lo mismo, en abrazarse después de un pogo o en descubrir que una canción que parecía propia también significa algo para los demás.
En tiempos difíciles, esa experiencia adquiere otra dimensión. No porque la música pueda resolver lo que sucede afuera ni porque unas horas de baile disipen las preocupaciones, sino porque permite construir, aunque sea por un rato, un espacio distinto. Un lugar donde el cuerpo recupera protagonismo, donde el encuentro desplaza el aislamiento y donde la alegría deja de ser una experiencia individual para convertirse en algo colectivo.

Foto: Estudio Mal Carácter
Hablar de resistencia también es hablar de eso. No siempre se resiste con confrontación o enojo. A veces, resistir es seguir encontrando motivos para celebrar, sostener los espacios que nos reúnen y defender el derecho a disfrutar incluso cuando el contexto parece empujar al cansancio. Bailar, cantar a los gritos, compartir una canción con cientos de personas: gestos sencillos que, en determinadas circunstancias, pueden adquirir un sentido mucho más profundo.
Lo del sábado en Niceto tuvo algo de esa celebración. Mustafunk tocó, el público respondió y la energía circuló de un lado al otro sin descansar demasiado. Las canciones recuperadas trajeron recuerdos, los pogos pusieron los cuerpos en movimiento y la conexión entre Mustafunk y su gente sostuvo una alegría que no necesitó demasiadas explicaciones.
Al final, quizá no se trate de buscar una respuesta definitiva sobre lo que la música puede hacer en momentos difíciles. Tal vez baste con reconocer lo que ocurre cuando cientos de personas se reúnen en un mismo lugar para cantar, saltar y compartir algo que les hace felices. En una época en la que muchas cosas nos empujan hacia la incertidumbre, encontrarse con otros y disfrutar puede ser también una forma de plantarse frente al mundo.

Foto: Estudio Mal Carácter
El sábado, Mustafunk convirtió a Niceto en ese lugar. Entre canciones, pogos y voces que se mezclaban por encima del escenario, dejó una certeza sencilla, pero necesaria: la alegría también puede ser un acto de resistencia.

